El uso del cannabis medicinal para tratar trastornos mentales vuelve a estar en el centro del debate científico. Una amplia revisión publicada en The Lancet Psychiatry concluye que existen pocas pruebas sólidas de que los cannabinoides —los compuestos activos del cannabis— sean eficaces para tratar afecciones como la depresión, la ansiedad o el trastorno de estrés postraumático.
El análisis fue realizado por investigadores de la Universidad de Sydney, quienes revisaron 54 ensayos controlados aleatorios realizados entre 1980 y 2025, con la participación de 2,477 personas. Los resultados muestran que, pese a su creciente prescripción en países como Estados Unidos, Reino Unido y Australia, estos tratamientos “rara vez se justifican” en el ámbito de la salud mental.
Uno de los hallazgos más relevantes es que el uso de cannabinoides se asocia con un incremento de aproximadamente 75% en el riesgo de efectos adversos. Además, no se encontró evidencia significativa de beneficio en trastornos como ansiedad, trastornos psicóticos, estrés postraumático, trastorno por consumo de opioides o anorexia nerviosa.
El estudio también señala que, aunque algunos resultados parecen prometedores en casos como el insomnio, el síndrome de Tourette o ciertos rasgos del espectro autista, la calidad de la evidencia sigue siendo baja, lo que impide sacar conclusiones firmes.
El investigador principal, Jack (investigador), advirtió que estos hallazgos cuestionan la aprobación y el uso generalizado del cannabis medicinal para tratar problemas de salud mental. Incluso sugirió que su consumo podría empeorar algunos cuadros, aumentando el riesgo de síntomas psicóticos o de desarrollar dependencia, además de retrasar el acceso a terapias con eficacia comprobada.
En la misma línea, especialistas externos como Thea Gallagher subrayan que, aunque el cannabis tiene aplicaciones médicas legítimas, los trastornos mentales no figuran entre sus usos más respaldados hasta el momento. La experta destacó que muchos estudios previos eran limitados, basados en datos observacionales o en muestras pequeñas, lo que dificultaba establecer relaciones causales.
Otro punto clave es que los ensayos analizados presentan limitaciones importantes: casi la mitad fueron considerados de alto riesgo de sesgo, y existía gran variabilidad en los productos utilizados, las dosis y los perfiles de los pacientes. Esto complica aún más la interpretación de los resultados y su aplicación en la vida real.
Además, los investigadores advierten que el uso cotidiano de cannabis suele diferir de las condiciones controladas de los ensayos clínicos. En la práctica, las personas pueden consumir dosis más altas o combinarlo con sustancias como alcohol o nicotina, lo que incrementa los riesgos.
A pesar de estos resultados, la evidencia científica sí respalda el uso del cannabis medicinal en ciertas condiciones, como el tratamiento de convulsiones, síntomas de esclerosis múltiple y algunos tipos de dolor crónico. Sin embargo, los expertos coinciden en que su aplicación en salud mental debe evaluarse con mayor rigor.
También enfatizan la importancia de no sustituir tratamientos clínicamente probados por alternativas con menor respaldo científico. Recurrir al cannabis para manejar el malestar emocional podría retrasar diagnósticos adecuados y el acceso a terapias efectivas, como la psicoterapia o el tratamiento farmacológico supervisado.
Los especialistas recomiendan a quienes consumen cannabis estar atentos a cambios en su estado de ánimo, niveles de ansiedad, sueño, concentración o vida social. Señales como el aumento en la frecuencia de uso, la necesidad de mayores dosis o la sensación de “mente nublada” pueden indicar un problema subyacente.
En definitiva, aunque el cannabis medicinal continúa siendo objeto de investigación, este estudio refuerza una conclusión clara: su uso para tratar trastornos de salud mental sigue siendo, por ahora, una práctica con más dudas que certezas.
